17/10/2013

La batalla final entre emprendedores e inversores

Por Emiliano Chamorro

 

Creo que hay un malentendido básico de la relación entre emprendedores e inversores. El malentendido básico es que el conflicto de interés entre ambas partes se reduce a la negociación de entrada de los inversores (cantidad de dinero, forma de aportes, valuación, poder político, etc.) y que, una vez que está hecha la inversión, no hay más conflicto de interés, son todos socios en la empresa y tiran todos para el mismo lado.

¿Es así esto? ¿Una vez que los socios son socios tienen los intereses perfectamente alineados? A mi modo de ver, no. Hay conflictos de interés que subsisten, muchos de ellos bastante entendidos y otro, tal vez el más importante, muy poco entendido (y hablado).

El primer conflicto de interés obvio es que hay una parte, los emprendedores, que probablemente cobre un salario por su trabajo en el emprendimiento mientas que la otra no lo hace. Este salario implica que el dinero que genera el emprendimiento puede “salir” del proyecto en forma muy diferente a las proporciones accionarias de los socios (por ejemplo, si los emprendedores se suben el sueldo por sobre el sueldo de mercado –hasta ahí representaría una compensación normal del tiempo dedicado – y no reinvierten en la empresa ni reparten dividendos).

Este conflicto es muy  entendido por los inversores, que se protegen poniendo cláusulas en los contratos que obliguen a los emprendedores a pedirles autorización para subirse el sueldo más allá de determinados límites, estructuran la inversión como un préstamo convertible, etc.

La razón por la que el conflicto es muy entendido por los inversores es porque es una caricatura pequeña del conflicto de agencia que existe en grandes empresas entre el management concentrado con pocas acciones (que se fija remuneraciones descomunales) y los accionistas fragmentados (que no tienen incentivo para impedirlo). Sólo que en la mayoría de los emprendimeintos no existe ninguna de estas situaciones: ni los accionistas están tan fragmentados ni el management –los propios emprendedores- tienen tan pocas acciones como para que les convenga subirse el sueldo.

En realidad, este conflicto es sólo un conflicto porque generalmente los emprendedores no entienden que, salvo que puedan cobrar sueldos realmente altos (raro en un emprendimiento) o que tengan muy pocas acciones del proyecto (raro en las primeras etapas), no les conviene subirse el sueldo. De hecho ni siquiera les conviene cobrar un sueldo, porque ese dinero invertido en la propia empresa va a implicar mucho más dinero para ellos que lo que obtendrían con el sueldo.

Un segundo punto de conflicto, menos entendido y también con forma de imitación a escala de grandes empresas, son todos los beneficios que los emprendedores pueden tener de una empresa, que cuestan dinero al emprendimiento y que no son monetizables proporcionalmente por los socios. Imagínense viajes, visibilidad, relaciones, etc. Imagínense por ejemplo que un emprendedor con control de la empresa puede decidir repartir 10.000 dólares en dividendos o “invertirlos” en una gira para sí mismo por el Caribe Mejicano para desarrollar nuevos mercados (particularmente el de Playa del Carmen).

Como en el caso anterior, este conflicto en una escala chica y con emprendedores con mucha participación accionaria, es más aparente que real porque al emprendedor mismo le conviene tener un emprendimiento austero y rentable, que reinvierta, e irse a pasar por Méjico con el valor que generen sus propias acciones en lugar de bajar la rentabilidad del emprendimiento para pagar esos beneficios personales.

En estos dos casos, el malentendido es que lo que para los emprendedores es un tema de tiempos (el sueldo o el viaje los tengo ahora, mi riqueza derivada de las acciones quién sabe cuándo), se percibe como un conflicto estructural. Muy probablemente estos conflictos no estructurales se solucionarían con una línea de préstamos personales de los inversores a los emprendedores por fuera de la estructura financiera de la empresa o con cualquier otra forma de dar algo de liquidez a las acciones de los emprendedores.

Pero hay un conflicto de interés que rara vez es tenido en cuenta, que rara vez se menciona y que no es tan fácilmente solucionable. El tema es que para que haya alineamiento de intereses, no sólo todos tienen que ser socios de la empresa sino que la participación en la empresa debe implicar lo mismo para todos. Y esto nunca pasa.

Imaginemos una situación extrema para que se entienda la idea: Dora es una emprendedora que hizo su doctorado en diseño y que tiene ideas muy claras de lo que le gusta y lo que no. Hace una marca a la que le pone su nombre, Dora. Usa todos sus contactos, se juega entera, todo su prestigio personal, construido a través de años, a desarrollar su marca. Quiere hacer esto por el resto de su vida.

Ramón es un inversor que tiene un patrimonio de unos 10 millones de dólares. Vive muy confortablemente y maneja un abanico muy grande de inversiones: 30% en bonos AAA, 30% en acciones de empresas grandes, 30% en bienes raíces en distintos lugares del mundo y 10 % en inversiones “alternativas” (arte, emprendimientos, etc.). De este 10% la mitad lo dedica a comprar arte, más como un gusto personal que como inversión y la otra mitad –el 5% de su porfolio total, 500 mil dólares- lo dedica a emprendimientos, con la idea de diversificar mucho para alguna vez pegarle a algo muy grande. Su razonamiento es algo así como: “En los próximos 10 años se van a generar algunas empresas de más de 100 millones de dólares en este ecosistema. Esas empresas hoy son emprendimientos en garajes, en facultades. Si yo invierto en muchos de estos emprendimientos, tengo alta probabilidad de terminar como socio de alguna de estas compañías de 100 millones de dólares”

Como sabe que el juego de los inversores es un juego estadístico, Ramón invierte 25 mil dólares en 20 emprendimientos con la esperanza de que alguno de ellos se vaya a la luna y lo lleve a él. Con esta mentalidad, Ramón invierte 25 mil dólares a cambio del 10% de la empresa de Dora.

¿Están alineados los intereses de Dora y de Ramón? De ninguna manera. Y no pasa por sueldos ni por cosas que pueda hacer Dora para beneficiarse personalmente con el proyecto. Pasa porque a Ramón le conviene ser agresivo y a Dora le conviene ser conservadora en el manejo del emprendimiento una vez que son socios. A Ramón le conviene jugarse un pleno a que el proyecto sea muy grande o muera rápido –así se puede dedicar a los otros- y a Dora le conviene cuidar la pelota y hacerlo crecer de a poquito cuidando en cada paso que no se rompa.

Esto tiene un montón de variables prácticas: a Ramón le va a convenir reinvertir todas las ganancias en forma inmediata en los proyectos de más riesgo y retorno esperado dentro del emprendimiento y a Dora le va a convenir guardar reservas y diversificar. A Ramón le va a convenir tomar deuda para el emprendimiento y a Dora le va a convenir crecer más lento con capital propio, a Ramón le va a convenir hacer más rondas de inversión y a Dora posiblemente mantener el control de la compañía para que esta siga siendo “a su gusto”.

Si el proyecto vale el doble dentro de 10 años, los 25 mil dólares de Ramón se convirtieron en 50 mil. Sobre sus 10 millones de dólares de patrimonio (sin contar el retorno de estos 10 años sobre el resto de la cartera) esos 25 mil dólares que ganaría con el proyecto de Dora representan un 0,25%, o sea, nada. Da lo mismo si se perdió todo o se duplicó. Lo que Ramón necesita es que su inversión se multiplique por 100 o más, y para eso tiene que arriesgarlo todo en cada jugada, en cada emprendimiento aunque sepa que así la mayoría se va a fundir. Ese es su juego.

Pero Dora quiere hacer de este el emprendimiento de su vida. No quiere hacer otra cosa. Para ella es mucho más importante que sobreviva y ella pueda vivir del emprendimiento que hacerse mega millonaria de la noche a la mañana.

Esto es una caricatura de la situación, pero tiene muchos puntos que uno ve seguido en el ecosistema emprendedor: los inversores copando el discurso sobre cómo se hacen las cosas y haciendo que los emprendedores tomen más riesgo que el que a ellos le conviene. Haciéndolos jugar un juego estadístico cuando solo tiene sentido jugar a la estadística si uno tiene la suficiente cantidad de eventos para que la estadística sea relevante.

Obviamente, cuanto más serial es un emprendedor (cuantos más tiros tiene) y cuanto menos diversificado es un inversor (cuantos menos tiros tiene), este conflicto aparece con menos fuerza. Al punto que en algunos casos hoy se siguen viendo inversores que piden a los emprendedores cláusulas que los obligan a pedirles permiso para endeudar (apalancar) a la empresa.

Pero cuanto más capital se acumule con los años y las décadas de reinversión, este conflicto va a ser cada vez más grande. En un próximo post voy a analizar algunas experiencias y algunas ideas que pueden ser interesantes para solucionarlo.

Mientras tanto, les agradezco mucho si en los comentarios me ayudan a seguir pensando el tema.

Publicado el 17/10/2013.