10/08/2015

¿Podemos ser eternos?

Por Valeria Bosio

José B. Adolph, escritor alemán-peruano fallecido en 2008 en Perú, nos hace reflexionar:

Aquella tarde, cuando dieron por holograma la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho cien años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.

Todos los satélites de la tierra, todos los transmisores de las bases espaciales destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré. ¡Cuánto habíamos esperado este día!

Una sola inyección, de cien mL, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día, solo un accidente podría acabar con una vida humana. Una sola inyección, cada cien años.

Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección solo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Solo los jóvenes serían inmortales. Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho animales de otra especie. Dueños del universo para siempre. Libres. Fecundos. Dioses.

Nosotros, no.

Deseamos ser eternos, vivir sin medir el tiempo…

No envejecer, soñar sin límites, alcanzar esa tranquilidad que la idea de muerte nos arranca. Consciente o inconscientemente creemos que allí está la felicidad.

Decía Borges en su cuento “El inmortal” que “todos los animales salvo el hombre son inmortales, porque no tienen conciencia de que algún día morirán”.

La ciencia nos invita a prolongar nuestra existencia, pero hay algo que va más allá tal vez y es el hecho de que el humano, si bien quisiera ser eterno, no siempre está preparado mentalmente para eso. El hombre avanza en sus desarrollos tecnológicos rápidamente y no de la mano con su mentalidad o realidad biológica. Hoy su expectativa de vida supera ampliamente la de hace unos 200 años, pero la edad fértil de la mujer sigue estando dentro del mismo rango. ¿Cómo adaptarse a esta realidad?

Pero seguimos trabajando. La genética, la regeneración tisular, los estudios de los mecanismos de muerte celular, el potencial de las células madre. Todo para sortear lo que naturalmente [?] traemos como humanos a este mundo. Y lo estamos logrando…

En esta búsqueda de prolongar la vida del hombre, una nueva tendencia entre los científicos es la Biomimética. Según la revista científica Nature la Biomimética es un campo interdisciplinario que intenta emular un proceso biológico a partir de la síntesis de materiales, sistemas sintéticos o máquinas haciendo uso de la ingeniería, la química y la biología. El trabajo de titulado Synthetic jellyfish, a hybrid of rat hearts and plastic realizado en Harvard y Caltech hace exactamente ya 3 años, es un ejemplo: se logró emular el movimiento de una medusa a partir de un sistema artificial generado en base a un polímero y células de corazón de otro ser vivo.

Pero a veces, mejor aún, es observar a la Naturaleza en algún proceso que nos muestre algún mecanismo en particular, que podría resolver situaciones concretas que nuestro propio organismo es incapaz. Por ejemplo el caso de los canguros, hoy usados como modelo de células en los laboratorios de cultivos celulares, que son capaces de regenerar su piel en tan solo horas [sí, ¡horas!] a partir de una proteína que se encarga de reparar el ADN que allí se dañó.

Entonces, por qué la Naturaleza —alegremente— hace estas cosas y los humanos no? O acaso no somos parte de ella?

Según Kant la Naturaleza se basa en lo empírico, en lo causal, en los hechos. Y este mundo fenomenológico nos restringe. Pero a su vez no impide que nuestra mente pueda imaginar sin conocer, no impide que entremos en el mundo neuménico y seamos libres, reflexiona. De hecho, si se comparan las capacidades extra-humanas de personajes de ciencia ficción con las propiedades que se estudian hoy para imprimir en los seres humanos es sorprendente. Cuánto soñamos, por ejemplo, con poder regenerar nuestros tejidos frente a un herida? La ciencia está trabajando en esto hoy, y a veces hasta lo logra.

Basados en lo que observamos de la Naturaleza sumado a un poco de imaginación a veces se nos ocurren cosas que pueden sonar “locas” pero que nos acercan a descular nuevos mecanismos y aprovecharlos. Un ejemplo es el trabajo del Profesor David Kaplan, un reconocido científico y Director del TERC [Instituto de Ingeniería Tisular en Boston] que busca prolongar la vida del ser humano a partir de gusanos de seda y arañas. Y es que no hace mucho que se descubrieron nuevas propiedades en la seda natural [en sus trabajos de revisión logra de una manera amena introducirnos en este nuevo campo], una proteína que milenariamente el hombre ha utilizado casi exclusivamente para la industria textil. Hoy, cientos de científicos se desesperan por utilizar sus propiedades recientemente descubiertas, ya sea para fabricar nano-dispositivos [dispositivos 10 veces más pequeños que 1 micrón] que liberen medicamentos en nuestro organismo o sensen ciertas moléculas que nos den un reporte de cómo estamos internamente. O, más interesante aún, ayude a regenerar tejidos dañados de nuestro cuerpo. En última aplicación se re-crea con seda las estructuras que habitualmente tienen las células en cada tipo de tejido humano para sostenerse durante su crecimiento y diferenciación, adentrándose así en el mundo de la ingeniería y regeneración tisular que nos permitirá regenerar órganos y cuerpos enteros en no tanto tiempo.

Otro caso cercano y aplicable también a reparación de tejidos es el que cita Andrew R. Scott [Polymers: Secrets from the deep sea] en la sección Outlook de la revista Nature para la edición de Marzo de este año. Allí nos cuenta livianamente cómo el mecanismo de agarre a rocas de los mejillones puede inspirarnos para restaurar el tejido de huesos fracturados.

Pero estos son sólo algunos ejemplos que dan muestras de cómo la Naturaleza nos inspira y nos acerca ella misma a la inmortalidad. El poder abrir la mente y plantearse soluciones nuevas a viejos desafíos es nuestro mayor reto. La innovación con células madre, los ensayos con animales y hasta la idea de crear mutantes [que se hace a diario con ciertas especies, como las células de canguros] son tan locas [o arcaicas] que nos da miedo aceptarlas como posibles herramientas. Es un terreno confuso entre normas éticas y cambio de paradigmas que va a llevar un tiempo acomodar, o nos veremos forzados a continuar lo mejor que podamos pisando en terreno blando, quién sabe. Nosotros ponemos la vara.

Y olvidándonos por un momento de las discusiones filosóficas que inevitablemente nos llevan a dudar sobre la naturaleza inmortal o no del hombre, o si esto lo haría más feliz, lo cierto es que se está avanzando hacia ella, y más rápido de lo que pensábamos algunos años atrás. Lo que no sabemos hoy es qué ocurrirá cuando estemos “justo antes” de alcanzarla.

Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, decidió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recientemente a amar y a comprender a los inmortales.

Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela. Serán perpetuos miserables.

Nosotros no.

La versión completa del cuento de José B. Adolph se puede encontrar en “Hasta que la muerte”. Moncloa- Campodónico. Editores asociados. Lima, Perú. 1ra Edición, agosto de 1971.