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El Genio Digital Se Escapa De La Botella

Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Arthur C. Clarke

En 1936, el matemático Alan Turing descubrió algo realmente extraño, un hallazgo que cambió el destino de la humanidad más que cualquier otro invento desde que nuestros antepasados inventaron la agricultura. Buscando una manera de comprobar teoremas automáticamente, sin que sea necesario un matemático, Turing dio con la idea de que es posible, en principio, construir lo que él llamó una máquina universal –una máquina que puede hacer cualquier tipo de cálculo imaginable–, no importa si se quiere calcular cómo mandar cohetes a la luna, determinar la próxima jugada en un partido de ajedrez, o simular un huracán para el pronóstico meteorológico, con una sola máquina se puede hacer todo, a pesar de que son tareas totalmente distintas. Este descubrimiento transformó nuestra forma de vida tan profundamente que simplemente ya no podemos percibir esta magia que nació hace 75 años.

Para ver lo que realmente descubrió Turing, imagínense que están en el año 1895, hablando con Thomas Edison, uno de los inventores más importantes de la historia. Explicando las tecnologías del siglo XXI, ustedes sacan un pequeño objeto de su bolsillo, con una pantallita que dice: “10:36, miércoles, marzo 7”. “Mira este maravilloso reloj tan pequeño”, diría Edison. Examinando el reloj un poco más para entender cómo funciona, Edison probablemente se quedaría muy impresionado con el hecho de que no hay ningún motorcito u otro mecanismo que hiciera que el reloj cambiara sus números con el transcurso de tiempo.

Y, sin embargo, esto sería lo menos sorprendente del “reloj”. Apretando un botón, el mismo dispositivo se transformaría en una calculadora; apretando otra vez, en cámara; después en teléfono, en grabadora de videos, en un reproductor de música, en un tirador de pájaros enojados y en centenas de cosas más. De hecho, centenas es poco, hoy en día en la tienda de apps de Android o Apple, hay más de 500.000 aplicaciones distintas, y cada una transforma el objeto que está en tu mano en una herramienta completamente diferente, como un medidor de distancia recorrida durante un entrenamiento o un programa que te permite ver estrellas en pleno día. Edison se quedaría sin palabras y tal vez hasta un poco deprimido: el misterioso dispositivo ya tiene dentro todos los inventos que él venía pensando desde hacía años.

La magia de que el mismo objeto pueda a la vez ser centenas de miles de objetos distintos es el milagro de la máquina universal de Turing: es la idea de la separación de la computadora en dos partes: la parte de hardware, que siempre queda igual, y los infinitos tipos de software que puedes ir descargando y cambiando en el mismo dispositivo, tal como haces cuando instalas una nueva app para tu teléfono móvil. Es la idea, que ahora parece tan natural, de que para cambiar de software, no hace falta cambiar la computadora. Hoy en día este principio constituye la fundación de la economía moderna: en nuestra vida profesional y personal estamos rodeados de estas máquinas que son la base de cada smartphone, notebook y computadora de escritorio. Nuestra vida social ya pasa más en Facebook y Twitter que en persona; las empresas más reconocidas del planeta se dedican o a crear estas máquinas, como Apple, Samsung o Dell, o a desarrollar software para ellas, como Google, Facebook o Microsoft; en nuestros trabajos, cada vez más se valora nuestra facilidad para manejar herramientas de tecnología digital.

Por muy impactantes y profundos que fueron estos cambios en los últimos 50 años, todo esto es solo el primer capítulo en la revolución digital. Hasta ahora, el mundo de la información y el mundo físico se mantenían bien separados. Las computadoras pueden crear archivos de Word y Excel, descargar MP3 de Internet o postear una foto, mostrar el movimiento de un monstruo en un videojuego y muchas cosas más; lo que las computadoras no podían hacer bien hasta hace poco era actuar y crear las cosas directamente en el mundo físico. Para eso necesitamos fábricas que produzcan mesas, sillas, autos y bicicletas; después necesitamos barcos y camiones que transporten los productos terminados de un país a otro para llegar a los puntos de venta; y finalmente necesitamos una red colosal de comercialización que almacena y distribuye todo esto al consumidor.

Con la tecnología de impresión 3D, nuestras computadoras están adquiriendo la habilidad de crear productos directamente de archivos digitales de la misma manera que imprimimos en papel. Estamos entrando en una nueva época, en la cual la línea que separa el mundo digital del mundo físico se volverá cada vez más borrosa, y en algunas industrias ya va desapareciendo completamente. ¿Por qué este proceso es tan importante? Porque con la fusión de lo físico y lo digital el mundo de mesas, sillas y bicicletas que nos rodea gradualmente va a volverse parecido al mundo de archivos MP3 que copias de un amigo, de las fotos que subes a Facebook, del Excel que mandas por mail a tu colega de trabajo. En el mundo de la información, no hay restricciones: ¿Quieres otra copia de una canción?, lo haces instantáneamente. ¿Quieres hacer cien copias en vez de una?, da lo mismo. ¿Quieres cambiar tu avatar en un videojuego o darle onda antigua a la foto en Instagram?, clic y está hecho. ¿Quieres mandar un video al otro lado del planeta?, los electrones lo llevan en una pequeña fracción de segundo. Las cosas físicas, por otro lado, son rígidas y difíciles de cambiar, copiar o transportar, pero con la maduración de las impresoras 3D, esta flexibilidad infinita del mundo digital que tanto habría sorprendido a Edison, va a empezar a filtrarse al mundo real. En los próximos 75 años veremos muchas sorpresas, como que algún día el alcance de la máquina universal llegue a poder imprimir autos y mandar sillas al otro lado del mundo en una pequeña fracción de segundo.

Parece imposible pero no lo es. De hecho, mandar muebles y objetos de diseño como archivos digitales para imprimir ya es posible desde hace tiempo. Empresas como Shapeways y Freedom of Creation usan el transporte digital para instantáneamente subir las nuevas creaciones de sus diseñadores y para mandar objetos a imprimir al lugar más cercano al consumidor. Además, las impresoras 3D no son un invento nuevo: las primeras fueron creadas en los años 80 por empresas como 3D Systems y Stratasys, y ya tienen más de dos décadas de uso industrial. La razón por la que estas tecnologías aumentaron recientemente en popularidad es que los avances en software, hardware y materiales llegaron a un nivel crítico en términos de calidad y precios donde las impresoras 3D empiezan a ser accesibles al nivel de uso masivo en una gran variedad de negocios.

¿Qué tan grande va a ser el impacto de la adopción de esta tecnología? Hay tanto puntos de vista demasiado optimistas, “¡vamos a imprimir Ferraris en casa!”; como demasiado pesimistas, “la impresión 3D existe desde hace 20 años y es solo una manera más de automatizar la producción”. La realidad es que el impacto va a ser profundo y universal, aunque no inmediatamente tan directo como imprimir productos enteros en cada hogar.

En el fondo, la llegada de la tecnología de impresión 3D al mercado masivo nos lleva a que las cosas que no solemos pensar como digitales gradualmente se vuelvan más parecidas al software, y uno puede anticiparse a los cambios que se vienen mirando la historia reciente del mundo digital. Los desarrollos en el mundo del software en los últimos 20 años de algún modo nos dan una máquina del tiempo para observar lo que va a pasar en el futuro.

Hace un par de años, Marc Andreessen, el creador del primer navegador de Internet, lo expresó en términos muy dramáticos en su ensayo ¿Por qué el Software se está comiendo el mundo?, donde plantea que, con el tiempo, más y más industrias van a enfrentar la fuerza disruptiva del mundo digital y van a tener que aprender a manejarse según sus reglas. Como explica Andreessen, esto no es algo teórico sino que es un fenómeno bien encaminado que empezó a desarrollarse hace mucho tiempo. A veces no nos damos cuenta todavía, pero muchas industrias que no solemos pensar como digitales, son, en realidad, efectivamente empresas de software: ¿Las empresas de música más grandes del mundo?, Apple, Spotify y Pandora. ¿Las empresas líderes de venta minorista?, Amazon.com y Wal-Mart, que destruyó a su competencia principalmente a través del uso avanzado de software en el manejo de logística y distribución. Las empresas de entretenimiento con mayor crecimiento son empresas de videojuegos; la empresa más exitosa de telefonía es Skype; Pixar es uno de los mejores estudios de Hollywood, y Disney tuvo que comprarlo para seguir siendo relevante en el futuro. Y algunas industrias ya desaparecieron porque el mundo del software las comió por completo: por ejemplo, la famosa empresa Kodak –una de las más poderosas del siglo XX– se declaró en bancarrota en enero de 2012 porque la industria de la fotografía se volvió 100% digital.

Las impresoras 3D traen este tsunami al mundo de las cosas físicas. Para empezar a entender su impacto, el mejor punto de partida es darse cuenta de que la impresora 3D en sí no es una tecnología tan compleja o nueva: de hecho, como veremos, en el fondo es un concepto bastante viejo y sencillo. El impacto de esta tecnología consiste en que abre la puerta por la que las cosas físicas se vuelven digitales, y cuando esto pase, nuestro mundo va a cambiar para siempre.