27/02/2015

Y Llámalo Justicia.

Por Marcelo Rinesi.

El último hombre en Tejas era un criminal de múltiples maneras. Había rechazado todas las órdenes de evacuación, construído un complejo en lo que había sido un Parque Nacional, en la época en la que las temperaturas permitían que algo digno de ese nombre existiese tan cerca del Ecuador, y había acumulado agua ilegalmente por años. Y esos eran sólo los crímenes que había cometido contra las Leyes de Medio Ambiente; había tenido que quebrar la ley de manera igualmente frecuente para obtener las riquezas con las cuales financiar sus crímenes más recientes.

Esto hacía de él un asunto de Perez. Su único asunto, pues si él era el último hombre en Tejas, Perez era la última representante de la ley en el Estado de la Estrella Solitaria, incluso si estaba trabajando desde la cálida pero todavía habitable Austin-en-el-Exilio, en el sur de Canadá. Perez tendría trabajo por tanto tiempo como el hombre se quedase en Tejas, y aunque algunas personas hubieran considerado esta razón buena y suficiente para que ambos llegasen a un acuerdo, Perez tenía un fuerte deseo de retirarase lo antes posible, ya que había envejecido más de lo que había creído posible, y tenía todavía planes propios que realizar. Por otra parte, la idea de volver a Tejas no le parecía una de las mejores; necesitaría un convoy de apoyo militar para atravezar el desierto sobrecalentado del Cinturón de Ceniza, y por lo que había descubierto del hombre, también necesitaría poder de fuego militar para llegar a él cuando arribase a la lata de sardinas refrigerada que llamaba su rancho. El hombre no sería una amenaza, no realmente -demonios, ella podía hacer volar al bastardo en pedazos desde su escritorio simplemente llenando el formulario adecuado – pero eso hubiese sido desligarse de la responsabilidad.

El último criminal de Tejas, Perez sentía, merecía otra clase de trato.

Así que llamó al hombre, y lo miró y escuchó. Empezó de entrada llamándola una cualquiera, a lo que ella respondió amenazando con castrarlo desde órbita con un rayo láser. No es que tuviese esa clase de presupuesto, pero pareció ponerlos en lo que podría llamarse un contexto comunicacional equilibrado. Una vez que estuvo razonablemente seguro de que no estaba en riesgo inmediato de invasión por parte de un escuadrón de soldados Boina Verde de las Naciones Unidas genéticamente modificados (es gracioso cómo algunas personas pueden hacer sonar hasta lo más normal como una conspiración), el hombre se sintió lo suficientemente relajado como para empezar a hablar de sus planes. Tenía toda clase de planes. Encontraría agua (porque, decía, los mapas de la NASA habían estado mintiendo por décadas, y él estaba seguro de que tenía que haber agua en algún lado), y entonces reconstruiría el suelo. No parecía tener mucha idea sobre ciclos de fósforo y cargas microbiales resistentes al calor, pero a Perez le quedó claro que el hombre no era un ranchero que se había vuelto loco, sino simplemente un loco con una heladera de tamaño industrial en la cual vivir. Para cuando pasó a hablar sobre lograr que “verdaderos Tejanos” vuelvan y repueblen el estado, Perez concluyó que había aprendido lo suficiente sobre su presa.

Le dijo que le ayudaría. No podían confiar en los mapas más recientes, por supuesto, basados todos en reconocimientos de la NASA, así que le ofreció copiar de archivos de museos todo lo que pudise encontrar sobre Tejas en el siglo XVIII – todos los bosques, los ríos, etc. Ella le enviaría mapas, dibujos, descripciones, todo lo que pudiera encontrar.

Su agradecimiento fué cínico, sospechando que no le enviaría nada, o que sería sólo propaganda del gobierno.

Perez le envió todo lo que pudo encontrar, lo que por supuesto era muchísimo. Suficientes mapas, dibujos, y palabras para ver Tejas como había sido. Y entonces esperó.

La llamó una noche, visiblemente borracho, sin decir nada. Ella puso la llamada en espera y fué a tomarse un baño.

Dos días más tarde, revisó el último rastreo satelital, y encontró la imagen de un esqueleto blanqueado por el sol colgando de un impráctico balcón en un impráctico rancho.

Así es como el último criminal en Tejas terminó colgado, y como el último representante de la ley pudo finalmente entregar su estrella y mudarse a un lugar un poco más fresco que el Sur de Canadá, donde puso en práctica su largamente estudiado plan y se pegó un tiro, movida por la misma sensación de culpa que había plantado en el criminal.

 

.finis.

 

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